Tiempos en los que la tecnología deslumbra con sus promesas. Tiempos para las metáforas sobre ciudades, cerebros, inteligencia,… La ciudad inteligente ya está aquí (¿de verdad?), será el futuro (¿como otras utopías fracasadas?), será la llave de la sostenibilidad (¿es la tecnología el problema?). Es la smart city. Bienvenidos al debate, a la preocupación por la ciudad, pero hablemos de la ciudad entonces, comprendámosla. Se pone el foco en los avances tecnológicos, pero no sé si olvidamos lo que de verdad importa, la ciudad.
Pongamos el caso del transporte público. Nos esforzamos por crear soluciones que automaticen los procesos de información en tiempo real a los usuarios, ofreciendo pantallas, aplicaciones móviles para conocer el tiempo de espera, actualizando mapas para situar la flota en la ciudad, sistemas de aviso por SMS, etc. Queremos información instantánea en tiempo real para tomar la decisión de coger el autobús en una parada o en otra, acelerar el paso para intentar llegar a tiempo a su paso, regular los semáforos de manera automática en función del tráfico, etc. Para todas estas situaciones podemos encontrar nuevas formas de abordarlas tecnológicamente.

Y una mujer ve el autobús en la parada y empieza a correr para tratar de alcanzarlo. ¿Llegará? ¿Corre porque ha mirado su móvil y le ha avisado de que el autobús está a punto de salir? No, simplemente, lo tiene a la vista y ha notado que todos los pasajeros que esperaban ya han subido. Son apenas 30 metros que separan la distancia temporal de tener que esperar 30 minutos al siguiente. Y alcanza a subirse al bus, gracias a dos comportamientos inteligentes: un grupo de chavales se han apartado al verla empezar a correr, facilitándole así su recorrido acalorado. Y una señora, que esperaba otro autobús, se ha acercado al bus a punto de marchar y le ha pedido al conductor que espere, señalando a la mujer a la que le quedaban apenas 10 metros cuando el autobús parecía acelerar.
Un metro que llega. Las pantallas digitales anuncian que está a punto de reanudar su marcha. Pasajeros acelerados pasan sus tickets con información "invisible" sobre el tipo de billete, la estación de origen, la tarifa que han pagado. Algunos incluso acercan su tarjeta inteligente, que incluye un sistema de conexión con su banco para pagar los viajes sin preocuparse de recargarla o de comprar billetes. Cuatro puertas de salida, que sólo se abrirán si el pasajero tiene su billete válido. Son las cuatro mismas puertas disponibles para entrar. Treinta personas salen, ocupando todas las puertas, imposible entrar para las dos personas que han visto desde fuera cómo llegaba el metro. Perderán el tren, incluso ahora que tienen su tarjeta inteligente. Pero de entre los que salían, una persona se ha detenido y en lugar de validar su ticket de salida, ha decidido liberar esa puerta, hacer que los que están detrás de ella esperen, para poder dejar pasar a esas personas que querían subirse al tren. Estas dos personas, finalmente, consiguen subirse al tren, sin saber muy bien como han conseguido hacerlo.
Un semáforo en rojo para los peatones. Con sus LEDs y automatizado desde un centro de control integrado del transporte de la ciudad. Un joven espera a que se ponga en verde para poder pasar, en una vía por la que circulan coches a unos 50 km/h. Espera y nota, por instinto, que un niño pequeño se acerca. Mecánicamente, casi sin pensarlo, extiende su brazo y detiene la carrera del niño, a punto de cruzar el paso de peatones. No sabe muy bien qué le ha hecho extender la mano, pero mientras lo piensa, el semáforo se pone en verde y empieza a andar, mientras los abuelos del niño se acercan y le explican al niño que no vuelva a soltarse de su mano.
Nueve de la noche, hora de bajar la basura. El contenedor amarillo rebosa de residuos. El hombre duda: ¿dejo la bolsa al lado del contenedor? ¿La dejo en el contendor azul? Lo piensa un segundo más. Decide volver a subirla a casa y probar al día siguiente.
Un parque de juegos. Un caos de gritos, bicis, balones, críos corriendo y adultos charlando en diferentes círculos. Nadie lo sabe, pero una niña llora porque no encuentra a su madre y en el otro lado del parque, un padre busca inquieto a su hija, que hace un tiempo que no la ve. Es un parque con poca iluminación, pero al menos hay cámaras de seguridad. Un chico cruza rápido el parque, tiene prisa. Pero ve a la niña y se para. Habla con ella, descubre que está perdida. Es un adulto, un extraño, hablando con una niña. Se queda con ella hasta que aparece su padre que, asustado, apenas alcanza a dar las gracias al joven mientras este se marcha mirando su reloj. Llegará un poco más tarde a su cita.
En cualquiera de estas situaciones, y cada vez, la tecnología está presente. No la tecnología a la que hoy llamamos smart, sino artefactos en el sentido más amplio. Un banco en la calle también es tecnología. La promesa smart -en tiempo real, ubicua, etc.- es sólo un aditivo que podemos sumar gracias al adelanto técnico. Pero en ninguno de los casos es decisiva para resolver circunstancias cotidianas,vivencias reales de personas que comparten la vida en la ciudad y dan soluciones reales a otras personas que viven en esa misma ciudad. No es una contraposición a la sofisticación tecnológica. Al contrario, es el recordatorio de que esta sofisticación necesita tener en cuenta la
vivencia cotidiana en la ciudad para no caer en la trampa del determinismo tecnológico ni pensar que la tecnología solucionará el día a día de la gente.
Todos los días, en cada calle, miles de actos voluntarios e involuntarios facilitan (o dificultan) la vida. La actitud del cuidado y la conciencia de estar compartiendo un mismo espacio son, en todos los casos, lo más relevante del desenlace de la historia. No sé si son comportamientos inteligentes, pero sí son relevantes. Incluir estas claves en el diseño de soluciones tecnológicas para el funcionamiento urbano es clave para que estas soluciones estén orientadas al usuario, estén dimensionadas al alcance real de los límites que la solución tecnológica puede ofrecer, sean entendibles y tengan una función urbana útil. Incluir este tipo de claves en la implantación en la ciudad de proyectos tecnológicos ayudaría a entender mejor cómo funciona la ciudad, cómo se comportan los ciudadanos y cómo integrar la impredecibilidad como algo consustancial a la vida urbana.
El contexto de la smart city es la ciudad. Una obviedad, sin duda, pero no podemos olvidarlo, para poder contextualizar y dar sentido cívico al desarrollo de infraestructuras, redes y objetos públicos diseñados desde un sentido urbano (es decir, conflictivo, abierto, impredecible,…) que empodere y que genere más libertad. Por eso, los ejemplos sobre ciudades-laboratorio (¡sin personas!) van a servirnos de poco. La verdadera inteligencia de la ciudad está en el casi milagroso orden inestable espontáneo en el que se da la vida en la ciudad. Son las relaciones sociales, las personas, las que generan la inteligencia del funcionamiento de las ciudades. Imperfectas, conflictivas, desastrosas a veces, mejorables siempre. La tecnología sólo facilitará ciertos procesos, y la lógica de la vida colectiva derrotará cualquier intento de implantar sistemas que sobrepasen el nivel necesario de sofisticación. La tecnología que da inteligencia a la ciudad y que hace que las cosas funcionen es invisible y tiene que ver con la diversidad, la confianza recíproca, el encuentro del otro o la capacidad de apropiarse y construir la ciudad de forma conjunta. El determinismo tecnológico chocará irremediablemente con la complejidad de la vida urbana si se imponen las estrategias top-down de sofisticación tecnológica en un momento, además, de dificultades presupuestarias para las entidades locales.
Lo urbano es, en fin, lo definitivo en las ciudades inteligentes. Comprender qué esperamos las personas de los servicios públicos, comprender la complejidad del metabolismo urbano, tener en cuenta el contexto urbano al que las tecnologías van a servir. No es una contraposición, es más bien un criterio para diseñar e implantar soluciones que puedan tener éxito. Sasia Sassen, respecto a esta cuestión, habla de urbanizar la tecnología, una expresión que explica perfectamente la necesidad de dotar a la tecnología que se implante y use en las ciudades de un sentido urbano, para que explore al máximo el sentido real de la vida en las ciudades.
Manu Fernández es analista urbano en Naider y autor del blog Ciudades a Escala Humana.
Fuente: La Ciudad Viva http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=13589















