Lewis Mumford
Chicago (EEUU), 1956.
Versión inglesa
- El surgimiento de la ciudad.
- Simbiosis y dominación urbanas.
- Sustitución urbana de la naturaleza.
- Las modernas fuerzas de expansión.
- El crecimiento de la conurbación.
- La dispersión suburbana.
- Equilibrio entre lo urbano y lo rural.
- Referencias bibliográficas.
La historia natural de la urbanización no sólo aún no se ha escrito, sino que apenas se ha realizado una pequeña parte del trabajo preliminar. De hecho, la literatura en torno al tema de la ciudad era prácticamente inexistente hasta hace medio siglo; incluso en la actualidad los ecologistas de la ciudad, enredados durante largo tiempo en el estudio de facetas limitadas y desfasadas del urbanismo, apenas han delimitado el campo de estudio. Partiendo de esta situación, el propósito de este escrito consiste en aprovechar dichos estudios con el fin de concretar nuevas dudas y cuestiones y, en la medida de lo posible, indicar los campos que se prestan a futuras investigaciones.
Tanto si se estudia la ciudad desde un punto de vista morfológico como funcional, no se puede comprender su desarrollo sin tomar en consideración su relación con formas más primitivas de cohabitación, retrocediendo incluso hasta las sociedades animales. Aparte de las obvias analogías con hormigueros y panales de abejas, debe tenerse también en cuenta la naturaleza de los asentamientos estacionales en lugares protegidos, como las zonas de cría de numerosas especies de aves. A pesar de que los asentamientos urbanos permanentes apenas se remontan a los tiempos neolíticos, el hábito de recurrir a cuevas para el desarrollo de ceremonias colectivas de carácter mágico parece retrotraerse a períodos más antiguos; de igual forma, han llegado hasta nuestros tiempos comunidades enteras que viven en cuevas o viviendas excavadas en la roca. Los rasgos esenciales de lo urbano ya se pueden encontrar tanto en la forma externa como en el modelo interno de estos primitivos asentamientos. Al margen de cual fuera el impulso primigenio, la tendencia a la cohabitación formal y a la residencia estable dio lugar, en el neolítico, a una forma ancestral de ciudad: la aldea, un instrumento colectivo resultado de la nueva economía agraria. Aunque carecía de la complejidad y la extensión de la ciudad, esta aldea exhibía ya sus principales características: un perímetro definido, ya fuera por una empalizada o por un montículo de tierra, separándola de los campos circundantes; viviendas/refugios permanentes; almacenes y vasijas donde guardar los bienes, así como vertederos y cementerios, símbolos silenciosos del paso del tiempo y de las energías gastadas. Al menos en esta edad temprana se cumple la afirmación de Mark Jefferson[Jefferson, 1931]: lo urbano y lo rural, la ciudad y el campo, no son dos elementos diferenciados, sino una única cosa.
Aunque el número de familias por hectárea[1] en una aldea es superior al número de familias por kilómetro cuadrado en una economía basada en el pastoreo, dichos asentamientos no crean ninguna perturbación importante en el entorno natural; de hecho, la relación puede ser beneficiosa para la formación del suelo, llegando a incrementar su productividad natural. Arqueólogos que han trabajado en Alaska han podido detectar asentamientos antiguos gracias a la riqueza de la vegetación que crecía en los terrenos que antaño habían ocupado aldeas, probablemente debido al enriquecimiento del suelo por las aportaciones de nitrógeno provenientes de los desechos humanos y animales acumulados a lo largo del tiempo. Las primeras ciudades, como las localizadas en Mesopotamia y Egipto, mantenían la relación simbiótica con la agricultura propia de las aldeas. En países como China, aún gobernados por los principios de la economía local, incluso ciudades contemporáneas con gran densidad de población, según describe Keyes [Keyes, 1951], muestran las mismas relaciones recíprocas: ``Las explotaciones agrícolas más densas y productivas se encuentran justo detras de las murallas de las ciudades''. King estimó que cada millón de habitantes urbanos aporta diariamente más de 5.900 kg de nitrógeno, 1.200 kg de fósforo y casi 2.000 kg de potasio al suelo [King, 1927]. La definición de Brunhes [Brunhes, 1920] de las ciudades como ``ocupación improductiva del suelo'' no se puede aplicar del todo a estos tipos urbanos primigenios como tampoco, tal y como explicaré, a los últimos tipos aparecidos.
La aparición de la ciudad a partir de la aldea fue posible gracias a las mejoras en la agricultura y en la conservación de los alimentos introducidas por la cultura neolítica; en particular, el cultivo de cereales que podían ser producidos en abundancia y almacenados sin merma de un año para otro. Esta nueva forma de producir el alimento no sólo permitía cierta seguridad frente a los años de escasez, como se recordará en la historia bíblica de José en Egipto, sino que, por otro lado, permitía alimentar a un mayor número de población que no se dedicaba directamente a tareas relacionadas con la producción de alimento. Desde el punto de vista del alimento básico de su dieta, se puede hablar de ciudades del trigo, ciudades del centeno, ciudades del arroz y ciudades del maíz, para caracterizar la fuente principal de energía; y hay que recordar que ninguna otra fuente de energía fue tan importante hasta la explotación de las vetas de carbón de Sajonia e Inglaterra. Con el excedente de mano de obra disponible en el neolítico tras dejar atrás una economía de subsistencia, un gran número de personas pudo dejar el trabajo agrícola o ganadero y dedicarse a otras tareas: la administración, la artesanía, el arte de la guerra, el pensamiento sistemático y la religión. De esta forma, la población que había vivido dispersa en aldeas de entre diez y cincuenta casas [Childe, 1954], se concentró en `ciudades', con una regulación y un funcionamiento que correspondían a un proyecto diferente. Estas primeras ciudades heredaron muchas de las características de las aldeas originales en cuanto que, en esencia, seguían siendo ciudades agrícolas: la principal fuente de suministro alimentario estaba en los campos circundantes; así, hasta que los medios de transporte no mejoraron considerablemente y los sistemas de gestión centralizada no se desarrollaron, no pudieron crecer más allá de los límites que marcaban sus suministros de agua y sus recursos alimenticios locales.
Esta temprana asociación del crecimiento de las ciudades con la producción de alimento ha gobernado la relación de la ciudad con su entorno durante mucho más tiempo del que muchos estudiosos actuales reconocen. A pesar de los cereales transportados largas distancias (incluso algunos complementos alimenticios especiales como la sal habían empezado a circular bastante antes), las ciudades como Roma, que se abastecía de los graneros del norte de África y de Oriente Próximo --sin mencionar los criaderos de ostras de Colchester, en Inglaterra-- fueron excepcionales hasta el siglo XIX. Incluso hace apenas cincuenta años, gran parte de las frutas y verduras consumidas en Nueva York y París provenían de huertas situadas en las proximidades, a veces en suelos muy enriquecidos, si no completamente manufacturados a partir de los residuos urbanos, como Kropotkin había apuntado en Campos, Fábricas y Talleres [Kropotkin, 1899]. Esto significa que uno de los principales determinantes de las urbanizaciones de gran escala ha sido la proximidad a suelos agrícolas muy fértiles; paradójicamente, el crecimiento de la mayoría de las ciudades se ha realizado a costa de estos terrenos cultivados --en ocasiones, edificando sobre los suelos aluviales de mayor riqueza para la agricultura-- que en un principio hicieron posible la misma existencia de la ciudad. El crecimiento de las ciudades a lo largo de las riberas de los ríos o cerca de puertos accesibles se ha producido no sólo por la necesidad de un medio de transporte, sino por la necesidad de complementar con recursos alimenticios de origen fluvial y marino los recursos agrícolas. Esta dieta rica y variada puede haber contribuido por sí misma a la vitalidad de los habitantes de estas ciudades, en contraste con la indolencia de los habitantes de las tierras interiores y, posiblemente, ha contribuido a mitigar en parte el efecto negativo de las altas densidades urbanas en la transmisión de enfermedades infecciosas. A pesar de que los medios de transporte modernos han igualado las posibilidades de desarrollo de las diversas regiones, se sigue produciendo un movimiento migratorio desde las tierras altas menos fértiles, incluso cundo en muchas ocasiones presentan mejores condiciones de salubridad y de calidad de vida.
El pueblo y la pequeña ciudad de provincias son constantes históricas. Uno de los datos más significativos respecto al fenómeno urbano es que, aunque la población urbana del planeta ascendía en 1930 a 415 millones de almas, es decir, una quinta parte del total, las cuatro quintas partes restantes de la población mundial vivían en condiciones muy parecidas a las del neolítico [Sorre, 1952]. En paises tan densamente poblados como India, y en una fecha tan tardía como 1939, según elStatesman's Yearbook (Anuario del Hombre de Estado), menos del diez por ciento de la población vivía en zonas urbanas. Estas condiciones `neolíticas' incluyen el uso de fuentes orgánicas de energía, vegetales y animales, la utilización de recursos hídricos locales, el cultivo de todo el suelo disponible en una distancia que se pueda recorrer a pie desde la ciudad, el empleo de estiércol de procedencia animal y humana como fertilizante, una baja concentración de residuos inorgánicos, tales como vidrio y metales, y la ausencia de contaminación atmosférica. En muchas partes del mundo, los asentamientos agrícolas, lejos de invadir suelo cultivable, ocupan colinas estériles de poco aprovechamiento agrícola; la distribución urbana de cualquier ciudad italiana es un reflejo, apenas más regular, del sustrato pétreo sobre el que se asienta. El principal punto débil de este tipo de asentamientos, visible especialmente en las zonas del mundo cultivadas durante más tiempo, como España, Grecia y China, es el deseo del campesino de cultivar sobre el suelo ocupado por la cubierta forestal; de esta forma se produce una sobrexplotación que provoca la erosión del suelo y el desequilibrio en las poblaciones de plantas, insectos y aves. Pero, en la misma medida en que la economía de los primeros asentamientos se encontraba regida por el calendario astronómico construido en el templo de la ciudad para conocer el momento de la siembra, el desarrollo actual del conocimiento sobre el medio ambiente, que ha facilitado una mayor concienciación sobre la necesidad de preservar los bosques en países altamente urbanizados, puede con el tiempo contrarrestar los efectos, de otra forma destructivos, de las primeras etapas de la urbanización del territorio.
Fecha de referencia: 15-11-2002
Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid — Universidad Politécnica de Madrid — Ministerio de Vivienda
Grupo de Investigación en Arquitectura, Urbanismo y Sostenibilidad
Departamento de Estructuras de Edificación — Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio
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