Economista y Estadístico
Madrid, abril de 2000[1]
1. ¿Crisis de civilización?
La preocupación por la crisis ambiental y la polarización social ha marcado el final del siglo XX, poniendo en cuestión la fe en la senda de progreso indefinido que nos había propuesto la civilización industrial. Sin embargo este hecho no autoriza por sí solo a hablar de crisis de civilización. Es más, puede argumentarse que el proyecto de modernidad y progreso subyacente nunca se había extendido tanto, ni había desbancando tanto como ahora a otras formas de concebir y de sentir el mundo.
Precisamente el gran éxito del proyecto de modernidad civilizatoria que nos ha tocado vivir estriba en su capacidad para apoyar sus fundamentos en valores que se suponen universales, trascendentes y, por lo tanto, ajenos a consideraciones espacio-temporales, y para vincularlos, con visos de racionalidad científica, a evidencias empíricas domesticadas que dan puntual cuenta de los logros del progreso prometido, a la vez que soslayan las consecuencias regresivas, no deseadas, que los acompañan. La ciencia económica ha desempeñado un papel fundamental en este juego reduccionista, aportando el núcleo duro de la racionalidad sobre la que se asienta el llamado "pensamiento único" [2]. Una vez sometido el mundo al yugo de ese "pensamiento único" guiado por una racionalidad económica servil al universalismo capitalista dominante, se ha podido postular a bombo y platillo la "muerte de las ideologías" y "el fin de la historia". La falta de pudor intelectual que subyace al manejo acrítico y desenfadado de tales afirmaciones[3], en un mundo intelectual que se supone informado, da cuenta de la impunidad con la que se desenvuelve el reduccionismo imperante cuando tales consideraciones parecen más propias de visiones paleocientíficas hoy trasnochadas: nos recuerdan ese supuesto "orden natural" inmutable, fruto de la creación divina, al que se consideraba sujeto el mundo antes de que Darwin construyera la teoría de la evolución. Curiosamente, en una cabriola intelectual sorprendente, semejante inmovilismo reduccionista suele venir aderezado con alardes de relativismo "postmodernista", para huir así de los problemas del presente.
A la vista de lo anterior, parece que se ha invertido el antiguo papel progresivo que en su día se atribuyó a las ciencias sociales. Desde Platón y Aristóteles se ha venido pensando que las personas son capaces de mejorar la sociedad en la que viven y que el conocimiento racional (científico) brindaría el punto de apoyo necesario para posibilitar el cambio social. Sin embargo hoy la economía, esa "reina de las ciencias sociales", ha invertido la situación: hemos asistido a la extensión de un discurso económico reduccionista que aniquila la posibilidad de reconsiderar las metas de la sociedad y, por lo tanto, de cambiarla, haciendo que incluso la política se supedite a ese discurso. La reflexión económica estándar se sitúa así en un campo meramente instrumental, servil al ciego instinto de promoción competitiva y al desatado mecanismo del crecimiento económico, cerrando los ojos a los daños sociales y ambientales que tal modelo ocasiona o ayudando a asumirlos como algo normal o inevitable, como si del pedrisco o el rayo se tratara. Sin embargo el territorio testifica los daños físicos y sociales infligidos, que permanecen reflejados en los paisajes urbanos, periurbanos y rurales.
La situación crítica de la actual civilización alimenta una pugna ideológica sorda entre el recurso antes apuntado a evidencias domesticadas que magnifican "la irrefrenable marcha hacia el progreso" de nuestra sociedad, y los signos de regresión cada vez más ostensibles que muestran el deterioro ecológico y la polarización social en el acontecer diario. Asistimos así a las tribulaciones del discurso dominante del "pensamiento único" para ingeniárselas, no sólo para subrayar los signos de progreso, sino sobre todo para ocultar los signos de regresión. En esta pugna juegan dos novedades dignas de mención: una, la escala sin precedentes que han alcanzado los fenómenos urbanos y los problemas y deterioros que éstos generan y, otro, los medios de difusión, y de disuasión, también sin precedentes, con los que cuenta el "pensamiento único" para favorecer el conformismo y desactivar la disidencia.
2. La crisis urbana del XIX en los países industrializados y sus enseñanzas
3. Problemas de las conurbaciones actuales
Extensión e importancia del fenómeno urbano
Sobre los criterios que orientan el actual orden de cosas
Sobre el "panem circensis" prometido a las urbes mundiales
4. Sobre las perspectivas de la crisis
Referencias bibliográficas
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